La alocución presidencial sobre Irán y los combustibles intenta vender una crisis importada, cuando el bolsillo del pueblo ya venía golpeado por malas decisiones internas Por Wilkin MorenoAnalista y articulista para Revista Quisqueya La alocución del presidente Luis Abinader sobre Irán, los combustibles y la economía no fue una explicación convincente: fue un intento de disfrazar el fracaso. Mientras el Gobierno procura presentar la crisis como una consecuencia casi exclusiva del escenario internacional, los números revelan otra verdad: el dominicano de a pie ya venía siendo golpeado desde hace años por combustibles altos, alimentos caros, transporte costoso y una canasta básica cada vez más difícil de sostener. Más que aclarar la situación, el discurso buscó preparar al país para nuevas cargas, ocultando el peso de las malas decisiones internas y de una gestión que no corrigió a tiempo. En su mensaje al país, el presidente intenta construir una narrativa conocida: un conflicto externo sacude los mercados, el petróleo sube, el gobierno hace esfuerzos heroicos y, por responsabilidad, la población tendrá que aceptar sacrificios. La fórmula no es nueva. Lo que cambia es el escenario. Esta vez se usó la guerra en Irán como soporte discursivo para justificar alzas, advertir sobre presiones en electricidad, transporte y alimentos, y tratar de blindar políticamente decisiones que el pueblo sentirá directamente en el bolsillo. No fue una explicación al país: fue un intento de domesticar la indignación. El problema es que esa narrativa se cae cuando se comparan los datos históricos. Si el Gobierno quiere convencer al país de que todo esto responde casi exclusivamente a una crisis internacional, entonces hay que mirar qué pasó en otros momentos de alta tensión petrolera. Y ahí aparece una contradicción incómoda. En 2008, el petróleo internacional alcanzó uno de sus picos históricos más agresivos. El WTI promedió US$133.37 por barril en julio de 2008. En contraste, promedió US$42.34 en agosto de 2020, US$57.97 en diciembre de 2025, US$60.04 en enero de 2026 y US$64.51 en febrero de 2026. Es decir: durante buena parte del gobierno de Luis Abinader, el barril estuvo muy por debajo de aquellos niveles y aun así los combustibles en República Dominicana siguieron disparados. Eso no es casualidad. Eso es política. El presidente afirma que el país no fija los precios internacionales, que los recibe, y que por eso el Gobierno ha tenido que asumir subsidios millonarios para amortiguar el impacto. También habla de ahorro fiscal, de reasignaciones presupuestarias y de decisiones responsables para evitar daños mayores. Pero ahí está precisamente el truco: se presenta al Estado como si fuera un observador casi impotente, cuando en realidad el precio final de los combustibles en República Dominicana también depende de impuestos, estructura de costos, márgenes internos y decisiones políticas. El propio MICM ha reconocido que en el precio inciden variables adicionales al petróleo internacional, y la Ley 112-00 fija impuestos específicos a los combustibles. Es decir, una cosa es que el petróleo suba afuera. Otra muy distinta es decidir cómo se distribuye aquí adentro ese golpe. Por eso la alocución resulta tan irritante para el dominicano de a pie. Porque no se siente como una explicación transparente, sino como un discurso que subestima la memoria colectiva. El pueblo sabe que los combustibles no comenzaron a ser caros con esta crisis. Sabe que la comida no empezó a subir ahora. Sabe que moverse, cocinar, comprar en el colmado y sostener una familia se ha vuelto más difícil desde hace tiempo. Y sabe también que el Gobierno ha tenido años para corregir, transparentar y aliviar, pero hoy comparece ante el país para presentar como fatalidad externa lo que también es consecuencia de su propia gestión. Ese es el fondo político del asunto. La alocución de Abinader no solo intenta explicar un escenario internacional; intenta administrar el enojo social. Busca preparar psicológicamente al país para aceptar lo que viene. Porque cuando el presidente admite que habrá presión en la tarifa eléctrica, en los costos de transporte y en los precios de los alimentos, está reconociendo que el sacrificio volverá a caer, una vez más, sobre la población. Y eso desmonta buena parte del tono triunfalista del mensaje. Si el país estaba tan preparado, tan fuerte y tan blindado, ¿por qué el ciudadano termina otra vez cargando con la factura? Ahí aparece la gran manipulación del discurso: convertir en “responsabilidad compartida” lo que en la práctica termina siendo una transferencia de costos hacia abajo. Cuando se llama a la población a comprender, ahorrar, ajustarse y resistir, mientras el Gobierno se presenta como responsable y prudente, se está usando un lenguaje elegante para pedir resignación. Pero el dominicano de a pie no vive de conceptos macroeconómicos. Vive de lo que paga por transporte, de lo que gasta en gas, de lo que cuesta un cilindro, de lo que sube la comida y de lo que rinde o no rinde el salario. Y en esa realidad concreta, el relato del Gobierno se vuelve cada vez menos creíble. Porque el deterioro del bolsillo no comenzó con Irán. Viene de antes. Viene de una estructura de precios que nunca devuelve con justicia las bajas internacionales. Viene de un modelo donde cada crisis se traduce en sacrificio popular, pero pocas veces en revisión seria del gasto, del peso fiscal o de las prioridades del Estado. Viene de una gestión que ahora quiere presentarse como víctima del contexto global, cuando la población ya venía padeciendo combustibles altos, alimentos caros y una canasta básica asfixiante. Ese punto es clave, porque la comida también tumba el discurso. El presidente intenta anticiparse prometiendo apoyo a hogares vulnerables, subsidios y medidas de contención. Pero una vez más, el mensaje habla en grandes cifras y en grandes intenciones, sin aterrizar con suficiente claridad cómo se traducirá eso en alivio real para la familia trabajadora. Mientras tanto, la percepción del país es otra: todo cuesta más. Comer cuesta más. Transportarse cuesta más. Mantener una casa cuesta más. Y cuando eso ocurre durante años, ya no basta con culpar al escenario internacional. Hay que asumir responsabilidades políticas internas. Por eso esta alocución no suena a liderazgo firme. Suena a cobertura preventiva. Suena a un gobierno intentando adelantarse al desgaste. Suena a una administración que sabe que vienen más presiones y quiere colocar desde ya una coartada narrativa: no fuimos nosotros, fue el mundo. Pero los números, la memoria social y la experiencia cotidiana dicen otra cosa. Dicen que durante esta gestión el dominicano ha pagado caro por combustible, caro por comida y caro por sobrevivir. Dicen que incluso cuando el petróleo internacional no estuvo en los niveles extremos de 2008, aquí los precios siguieron castigando. Dicen que las llamadas “correcciones” siempre aparecen más rápido cuando es para subir que cuando es para bajar. Y dicen, sobre todo, que la gente no necesita un discurso bonito: necesita un gobierno que no le maquille la realidad. Ese es el verdadero fracaso que la alocución quiso disfrazar. No se trató solo de Irán. No se trató solo del petróleo. No se trató solo del contexto internacional. Se trató de un presidente intentando lavarse las manos ante un país que ya viene golpeado y que escucha, con razón, cada nueva explicación oficial con más desconfianza que alivio. Cuando el poder maquilla sus errores como si fueran fatalidades externas, la verdad se convierte en la primera víctima del discurso. CIFRAS CLAVE Los precios confirman que el golpe no nació con esta alocución. En la semana del 8 al 14 de agosto de 2020, la gasolina premium costaba RD$203.80, la regular RD$193.40, el gasoil regular RD$148.70 y el GLP RD$111.00. Para la semana del 21 al 27 de marzo de 2026, la premium subió a RD$305.10, la regular a RD$287.50, el gasoil regular a RD$239.80 y el GLP a RD$137.20. El tipo de cambio también empeoró la carga. La DGII registra el dólar en RD$35.55 en diciembre de 2008 y en agosto de 2020 el promedio mensual fue RD$58.36. Para la semana usada como referencia en marzo de 2026, el MICM reportó una tasa de RD$61.18 por dólar. Eso implica que la gasolina premium costaba cerca de US$3.33 por galón en diciembre de 2008, unos US$3.49 en agosto de 2020 y casi US$4.99 en marzo de 2026. La presión alimentaria tampoco es nueva. El Banco Central informó que en enero de 2026 el grupo Alimentos y Bebidas No Alcohólicas explicó 45.68 % de la inflación mensual, y en febrero de 2026 ese grupo registró una variación interanual de 7.16 % con un índice de 153.64. Diario Libre, citando cifras del Banco Central, reportó además que la canasta básica familiar nacional pasó de RD$34,992.80 en 2019 a RD$48,541.84 en 2025, un alza de 38.7 %. CUADRO 1 | PETRÓLEO, DÓLAR Y GASOLINA PREMIUM MomentoWTI (US$/barril)Dólar (RD$/US$)Gasolina premium (RD$/galón)Premium en US$/galónDiciembre 200841.1235.55118.503.33Agosto 202042.3458.36203.803.49Marzo 202664.51*61.18305.104.99 *Referencia de crudo más cercana disponible en la serie mensual consultada: febrero de 2026. CUADRO 2 | PRECIOS LOCALES DE COMBUSTIBLES Fecha de referenciaGasolina premiumGasolina regularGasoil regularGLP13–19 dic. 2008RD$118.50RD$109.00RD$102.00RD$50.008–14 ago. 2020RD$203.80RD$193.40RD$148.70RD$111.008–14 mar. 2025RD$290.10RD$272.50RD$221.60RD$132.602–8 ago. 2025RD$290.10RD$272.50RD$224.80RD$137.2021–27 mar. 2026RD$305.10RD$287.50RD$239.80RD$137.20 CUADRO 3 | ALIMENTOS Y CANASTA BÁSICA IndicadorValorCanasta básica familiar nacional, 2019RD$34,992.80Canasta básica familiar nacional, 2025RD$48,541.84Aumento 2019–2025RD$13,549.04Aumento porcentual 2019–202538.7 %Inflación mensual general, enero 20260.40 %Peso de alimentos en la inflación de enero 202645.68 %Variación interanual de alimentos, feb. 20267.16 % LECTURA POLÍTICA DE LOS CUADROS Los cuadros desmontan la coartada más conveniente del discurso oficial. Si en 2008 el petróleo llegó a un pico histórico y en 2025-2026 estuvo muy por debajo, ¿por qué el consumidor dominicano siguió pagando una gasolina premium tan cara, incluso medida en dólares? La respuesta no está solo en el barril. Está en la estructura interna de precios, en la carga fiscal y en una decisión política de no trasladar plenamente las bajas internacionales al ciudadano. Y mientras el Gobierno pide comprensión por la crisis externa, la mesa familiar también se ha ido encareciendo. La combinación de combustibles altos, alimentos presionados y canasta básica creciente es la prueba de que el deterioro del bolsillo dominicano no empezó con Irán. Esa crisis venía caminando desde antes. CASI FINALIZANDO Abinader quiso culpar al mundo, pero los números lo contradicen. Porque cuando el petróleo estuvo muy por debajo de 2008, los combustibles aquí siguieron altos. Porque mientras el Gobierno hablaba de estabilidad, el pueblo seguía pagando más por moverse, por cocinar y por comer. Y porque esta alocución no suena a transparencia, sino a un intento de maquillar el deterioro y preparar al país para nuevas cargas. El problema no es solo lo que pasa fuera: es también lo que este gobierno hizo —y dejó de hacer— dentro. FINALMENTE Cuando un presidente le habla al país para disfrazar responsabilidades, pedir resignación y maquillar el fracaso, su discurso deja de ser una explicación de Estado y se convierte en una burla para el dominicano de a pie. Wilkin MorenoAnalista y articulista para Revista Quisqueya Navegación de entradas Juan TH arremete contra Leonel Fernández y cuestiona su legado: “Es el padre de la corrupción moderna” Cámara de Diputados posiciona a RD como eje del diálogo parlamentario en la región