Fotografía de Wernel Darío Féliz
Autor / Columnista Wernel Darío Féliz Investigador e Historiador
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La herencia de mi abuelo

Crónica de identidad, arraigo y memoria en Monte Plata


“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; al contrario, la hacen más profunda”. — Gustave Flaubert

Volver a Monte Plata siempre ha sido mi anhelo, supongo que es una meta de quienes abandonan sus orígenes en busca de lo que el mercado y el neoliberalismo impone con violencia como una vida mejor, estimulada por el consumo desmedido y el afán de pertenecer. Ese regreso impregna pasiones y emociones inexplicables. También guarda un estrecho vínculo con el camino recorrido antes, durante y después de las posibilidades de establecer una nueva relación con el pueblo que te despidió sin jamás cerrar sus puertas.

Tengo en mis anaqueles memorísticos un cúmulo de vivencias que a menudo salen a relucir en charlas con mis hermanos, viejos amigos y uno que otro vecino. La mayoría llenos de inocencia y otros no tanto, pero en ellos, subsiste un trozo vivo de lo que soy y lo que seré si el reloj no se detiene antes de lo previsto. Porque cada paso marca la cronología del destino final humano, finito e incierto como todo lo que el hombre ha inventado para evitar lo inevitable.

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Lo saben aquellos que han marcado el tiempo con sus actions, que enseñan sin decir palabras, porque los mejores maestros modelan, no exponen, predican con el ejemplo como única vía de enderezar conductas dependientes de su propia voluntad y los apéndices de su existence.

Así era él, callado, observador, noble y bueno, honrado hasta el cansancio, tierno como un recién nacido, frágil, por sus condiciones físicas, pero inquebrantable en el espíritu guerrero con el que nos mostró que se puede sufrir sin perder la dignidad.

señor de mayor edad

Gervacio Leyba (Babá): El Legado Inquebrantable

El último de los hijos de Rufino, padre de nueve, abuelo de muchos y ejemplo de todos los que tuvimos la dicha de verlo soñar con un mundo mejor para sus descendientes. No gritaba, no se quejaba, jamás hizo de su discapacidad un medio para mendigar.

  • Medio siglo de entereza: Cincuenta y un años entre sillas de rueda, bastones y andadores no le impidieron ser el sustento del hogar.
  • Dignidad comunitaria: “Nunca pidió”, reconoció Morena al evocar la grandeza del ser humano que perdió la vecindad.
  • Manos desprendidas: Dispuesto a sacudir el bolsillo donde atesoraba los centavos de la venta de naranjas dulces para mitigar la pobreza de los suyos.

Supo desde que la salud le atrofió los músculos, que una mirada inocente es incapaz de ocultar el hambre. La descifró en cada pómulo hundido, en las pupilas dilatadas, en el rostro cabizbajo y en los surcos del costado desvestido de su descendencia. Quizá por ello, guardaba cauteloso un par de monedas con las que pretendía aligerar la pesada carga de las carencias cotidianas.

De mi abuelo tengo buenos recuerdos, abrazos cálidos y la tímida sonrisa de su boca desolada. Heredo de él, amor a mis hijos y la pasión por la familia, la fuerza moral, la dignidad inquebrantable y el valor de un apellido sin bienes acumulados, cuyo estandarte es la garantía del trabajo honrado y la palabra empeñada.

El orgullo de ser de Monte Plata y la esperanza de volver como él lo hizo y, descansar como lo hace, en algún lugar de mi patria chica.

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