¿Yo Tony Peña?

Análisis sobre las dinámicas internas del oficialismo y el peso de la nómina pública

Opinión · Revista Quisqueya

Joan Leyba Mejía
Por Joan Leyba Mejía
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“Y en verdad casi toda la industria de la razón consiste en preparar esta operación: pues cuando es clara y simple, no hay necesidad de ninguna ayuda del arte, sino de la luz natural sola para intuir la verdad que se obtiene por ella”.

— René Descartes

En el PRM, como en todos los partidos que gobiernan los espacios creados por ley para la ejecución de políticas públicas con enfoque resolutivo de necesidades colectivas, los funcionarios asumen “el lapicero” con el que firman una nómina pública como base perfecta de creación de liderazgo social. Lo hizo Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón, Víctor de Aza, y otros dirigentes que la suerte del decreto, les generó adeptos parasitarios, sumisos intermitentes, apéndices, como es lógico, de la nómina pública.

La norma, al parecer, es la intención de consumación idílica que produce en el hombre sin brillo, sin carisma, ni simpatía, la grandeza deseada, con limitaciones concretas y sólo realizable en sus fantasías jactanciosas. De eso estuvo lleno y aún persisten secuelas inamovibles en la organización que, para bien de todos los criollos, administra la cosa pública. Una mancha heredada del gobierno de Hipólito con pocas posibilidades de que el hipoclorito de sodio pueda sacársela a algunos.

Así surge, inviable, con probabilidad nula de sobrevivir fuera de su mente, por padecer anomalías y defectos que le impidieron desarrollarse más allá de un escritorio efímero y de politicuchos–sanguijuelas que elevan las miserias humanas a su máxima expresión, sí surge el proyecto político de Tony Peña. Dirigente del oficialismo, heredero del apellido que, como condón, recibe sustancias sin propósitos ni razón, pero sin usufructo del talento, gracia, carisma y coraje para enfrentar, como el padre, con hechos lo que decían sus palabras.

Tony, que, por coincidencias del destino, cohabita en espacio y tiempo con la gloria aguilucha que comparte su nombre y que tiene, el apellido de su progenitor, sin las virtudes y habilidades del atleta. Para su dicha, tal vez, más de un cibaeño encuestado, imaginó al receptor y dirigente deportivo mientras le hacían preguntas sobre preferencias electorales para las internas del PRM, contaminando un escenario que tiene como adversarios con posibilidades reales, al Hipolitismo y el Miguelismo por interpósitas personas.

Por interpretación analógica, es muy probable y así lo expresó en las intervenciones previas a su declinación, que él mismo creyera nunca, muy a pesar de las elucubraciones naturales de quienes hacemos política, que su aborto electoral tuviera posibilidades mínimas de alumbrar un candidato presidencial con condiciones de competir. Su grito más frecuente giraba en la debilidad real de una caja registradora en sobregiro, producto del tiempo oscilante entre “yo-Tony” y “yo-funcionario”.

Es mucho más fácil abordar su retiro desde la complejidad económica de un proyecto nacido del ejercicio público a través de una institución de carácter social. La salida forzada y la incapacidad de maniobrar frente a las variables reales de una masa cautiva por las lisonjas públicas.

Es honesto decir: “Me voy por escasez” y no presumir de gurú haciendo alusión a números fluctuantes como mecanismo de autodefensa frente a decisiones incompatibles con su realidad sociopolítica. “¿Yo Tony Peña…”, diría, “…el miedo me venció?”.

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