Hay momentos en los que un gobierno no necesita ser explicado…
se describe solo.

Y hoy, la política exterior de la República Dominicana parece sacada de una vieja historia bíblica: la Torre de Babel.

Un lugar donde todos hablan, pero nadie se entiende.

Mientras el presidente Luis Abinader estrecha relaciones con Estados Unidos y se proyecta como un aliado confiable en el tablero geopolítico, desde su propio gobierno se envían señales en dirección contraria.

Casi en simultáneo, el ministro de Justicia dominicano participa en una cumbre en España, vinculada a una visión distinta de la democracia, una que ha sido cuestionada por sectores políticos estadounidenses por su enfoque en la regulación del discurso y el manejo de la desinformación.

Dos escenarios.
Dos discursos.
Un solo país.

Y ninguna línea clara.

En diplomacia, las coincidencias no existen.

Cada gesto comunica.
Cada presencia tiene un significado.
Cada ausencia también.

Por eso, la reacción de la embajadora de Estados Unidos en el país, Leah Campos, no pasó desapercibida.

No fue una declaración formal.
No fue una rueda de prensa.

Fue algo más directo.

Un versículo:

“Por cuanto no eres frío ni caliente… te vomitaré de mi boca.”

En política internacional, eso no es religión.
Es mensaje.

Lo que se percibe no es equilibrio estratégico.
Es desconexión.

No es neutralidad calculada.
Es incoherencia.

Porque hay una diferencia entre ser un país que negocia con múltiples actores…
y ser un país que parece no saber en qué dirección va.

La Torre de Babel no cayó por falta de ambición.
Cayó porque dejó de haber entendimiento.

Y eso es lo que comienza a reflejar la diplomacia dominicana:

  • Instituciones que no parecen coordinarse
  • Decisiones que no responden a una estrategia común
  • Voces que hablan en idiomas distintos dentro del mismo gobierno

El resultado no es diversidad.
Es ruido.

Y el ruido, en política internacional, se paga caro.

Se paga con credibilidad.
Se paga con confianza.
Se paga con influencia.

Porque ningún aliado serio apuesta por un país que no logra definir su posición.

La pregunta no es si el gobierno quiere tener relaciones con distintos bloques.
Eso es válido.

La pregunta es si sabe cómo hacerlo sin contradecirse.

Porque en un mundo donde las tensiones geopolíticas aumentan,
la ambigüedad no es una estrategia.

Es una debilidad.

Al final, la historia de Babel deja una lección simple:

Cuando todos hablan sin una dirección común,
el proyecto se derrumba.

Y hoy, la diplomacia dominicana no necesita más discursos.

Necesita una sola voz.