Opinión República Dominicana | Poder, economía y narrativa de crisis El “gran acuerdo” de Abinader no es una respuesta nacional: es una operación de control político El presidente convocó ministros, empresarios y sectores productivos para proyectar serenidad frente a la crisis internacional. Pero detrás del discurso de unidad aparece otra realidad: una economía vulnerable sostenida por subsidios, una narrativa de estabilidad cuidadosamente administrada y un acuerdo construido desde las cúpulas, no desde el país real. Firma invitada Wilkin Moreno Analista político y colaborador de Revista Quisqueya Escribe sobre poder, economía, institucionalidad y narrativa política en República Dominicana, con enfoque en análisis crítico y contexto estratégico. Por: Revista Quisqueya Sección: Opinión Dateline: Santo Domingo H ay momentos en que el poder no resuelve una crisis: la interpreta, la administra y la maquilla. Eso parece estar ocurriendo con la nueva ofensiva discursiva del presidente Luis Abinader frente a la crisis internacional. Primero habló al país para instalar una idea de control. Luego activó una ronda de consultas con ministros, empresarios y sectores productivos. Y finalmente presentó la fórmula política de rigor: la necesidad de un “gran acuerdo nacional”. El problema no está en la palabra acuerdo. El problema está en la naturaleza de ese acuerdo, en los actores convocados y en el sentido político de la escena. Lo que el Gobierno intenta vender como una respuesta nacional amplia se parece, en realidad, a otra cosa: una operación de contención desde arriba. Una estructura de legitimación para enfrentar una coyuntura económica adversa sin que el costo político recaiga por completo sobre el oficialismo. La pregunta central no es si el presidente está dialogando. La pregunta es con quién está dialogando primero, desde qué posición y para proteger qué. Cuando un gobierno convoca con urgencia a empresarios, industriales, comerciantes y ministros clave para transmitir serenidad frente al impacto de una crisis global, lo que está revelando no es una fortaleza estructural. Lo que está revelando es una preocupación concreta por la fragilidad del escenario. No hay que adornarlo. Si la economía estuviera verdaderamente blindada, no haría falta construir con tanta intensidad una narrativa de tranquilidad. Si el país estuviera realmente preparado para absorber un choque externo de gran magnitud, no sería necesario recurrir tan pronto al lenguaje del consenso, la unidad, el sacrificio compartido y la coordinación de emergencia. La primera grieta del discurso No es blindaje: es contención Una economía que necesita subsidios extraordinarios para amortiguar el golpe del mercado internacional no está exhibiendo solidez estructural. Está comprando tiempo político y fiscal para evitar que el malestar se desborde. Un acuerdo desde arriba La segunda grieta es todavía más evidente: el llamado “gran acuerdo nacional” nace públicamente rodeado por las élites económicas, no por la sociedad golpeada. El centro visible del proceso no son los hogares que sufren el alza de precios, ni los trabajadores cuyo salario pierde capacidad de compra, ni los ciudadanos que reorganizan cada semana sus gastos para sobrevivir. El centro visible son los sectores que producen, distribuyen, comercian y negocian desde posiciones de poder. Eso no convierte la iniciativa en ilegítima. Pero sí obliga a nombrarla con precisión. No es un consenso nacional pleno. Es, por ahora, un acuerdo de cúpulas. Y esa diferencia no es menor. Porque en tiempos de crisis los acuerdos importan, pero importa todavía más saber a quién protegen primero. “No es igual sentarse con quienes forman precios que con quienes los padecen.” La economía real no vive en los discursos El discurso oficial insiste en que la prioridad es preservar la estabilidad, garantizar el abastecimiento y proteger el poder adquisitivo. Sin embargo, la economía real no se mide por la tranquilidad del mensaje presidencial ni por la pulcritud de las fotografías en Palacio. La economía real se mide en la mesa, en el transporte, en la factura eléctrica, en el combustible y en la ansiedad cotidiana de quien siente que todo sube menos su ingreso. Ahí es donde la retórica de la serenidad comienza a desmoronarse. Porque una economía sostenida por subsidios para amortiguar el impacto inmediato de los combustibles no es una economía inmune. Es una economía expuesta, temporalmente contenida por el gasto público. Y un gobierno que necesita administrar la percepción de control con tanto cuidado no está exhibiendo poder estructural: está ganando tiempo. Tiempo para que no estalle el malestar. Tiempo para que la factura social llegue más tarde. Tiempo para repartir responsabilidades antes de que el costo se haga insoportable. Infografía central | El costo político y económico del “gran acuerdo” Relato oficial vs. realidad estructural Esta escala editorial visualiza dónde se concentra la mayor contradicción entre el discurso de control del Gobierno y los factores que revelan vulnerabilidad económica, presión social y blindaje político. MEDIDOR DE TENSIÓN DEL DISCURSO ¿Dónde se rompe el relato de fortaleza? 0 20 40 60 80 100 Subsidios de emergencia 91 Inflación persistente 78 Acuerdo de élites 84 Crecimiento vulnerable 63 Remesas moderadas 52 Narrativa de control 71 SEMÁFORO EDITORIAL Tensión media Vulnerabilidad estructural Contradicción alta del relato oficial La presión máxima no está en la retórica del acuerdo, sino en el costo real de sostenerla. Zona crítica Subsidios, inflación y acuerdo de élites son los tres puntos que más golpean la credibilidad del discurso. Lectura política La narrativa del consenso opera como contención visual y discursiva frente a una estructura económica bajo presión. Conclusión La escena pública proyecta control; la infografía muestra dependencia de subsidios, desgaste social y fragilidad administrada. Traducción política del momento Qué está haciendo realmente el Gobierno No sólo intenta responder a la crisis. Intenta gobernar la interpretación de la crisis. Busca que el país vea liderazgo donde hay contención, previsión donde hay vulnerabilidad administrada y consenso donde todavía predominan relaciones de poder. Gobernar la interpretación de la crisis Ese parece ser el verdadero sentido político de este momento. Abinader no sólo busca responder a la crisis. Busca también gobernar la interpretación de la crisis. Quiere que el país vea liderazgo donde hay contención, previsión donde hay vulnerabilidad administrada y consenso donde todavía predominan las relaciones de poder entre el Ejecutivo y los actores económicos más influyentes. Eso puede ser eficaz en términos de comunicación. Pero no altera la sustancia del problema. La República Dominicana sigue siendo profundamente sensible a los choques externos. Depende de factores que no controla. Padece las presiones del petróleo internacional. Y sigue teniendo una mayoría social para la cual cualquier aumento del costo de vida no es un dato técnico, sino una amenaza inmediata contra su estabilidad. “Cuando el poder necesita insistir demasiado en que todo está bajo control, generalmente no está describiendo una fortaleza: está administrando una fragilidad.” Cuando el consenso funciona como escudo Por eso resulta insuficiente —y políticamente interesada— la manera en que el Gobierno presenta este proceso. No basta con convocar mesas. No basta con hablar de unidad. No basta con construir una escena de responsabilidad compartida. Cuando el peso de una crisis termina descargándose sobre la población, la retórica del acuerdo puede convertirse en una coartada elegante. Una manera de diluir culpas, repartir costos y proteger al poder detrás del lenguaje de la concertación. Eso es lo que vuelve sospechoso este “gran acuerdo nacional”. No porque dialogar sea incorrecto. No porque reunir sectores sea un error. Sino porque el relato oficial intenta presentar como fortaleza lo que en el fondo luce como administración preventiva de una debilidad. La política suele hacer eso: convertir la fragilidad en ceremonia, la urgencia en protocolo y el temor económico en escenografía de mando. Lo visible Mesas, reuniones, fotografías, llamados a la calma, promesas de estabilidad. Lo esencial Presión sobre el costo de vida, vulnerabilidad estructural y traslado potencial de la factura hacia los hogares. La pregunta que define todo ¿Quién termina pagando la crisis? No importa cuánto habló el presidente. No importa cuántas reuniones celebró. No importa cuántas veces repitió la palabra consenso. Lo que importa es quién absorberá el costo final. Si la factura termina otra vez en los hogares, entonces el “gran acuerdo nacional” no habrá sido una solución histórica. Habrá sido una fórmula elegante para proteger al poder mientras la población paga las consecuencias. Cierre Cuando caiga la escenografía, quedará la cuenta Pero tarde o temprano la realidad rompe el decorado. Y cuando eso ocurra, ya no quedarán el brillo del salón, ni la coreografía del acuerdo, ni la tranquilidad impostada de los comunicados. Quedará lo esencial: el precio de los alimentos, el costo del transporte, la presión sobre los hogares y la verdad desnuda de quién cargó con la crisis. Si vuelve a ser la población la que paga, entonces este “gran acuerdo nacional” no será recordado como un acto de liderazgo. Será recordado como lo que realmente parece: una operación de blindaje político disfrazada de consenso, una escenografía del poder para administrar el miedo económico mientras el país era empujado, otra vez, a pagar la cuenta de una crisis que no provocó. Y entonces no habrá discurso capaz de ocultarlo. 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